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Debemos tener en cuenta que los niños pasan la mayor parte del día en las aulas, espacios en los que los alumnos comen, duermen, realizan las actividades educativas; estas aulas suelen estar muy cerca –si no son contiguas- a la zona de cambio de pañales o cuartos de baño.

Todo esto, junto con la dificultad de ventilar en las épocas frías del año en el momento en que los niños se hallan en la escuela y la imposibilidad de desinfectar el material escolar y los juguetes a diario, hacen que, generalmente, la carga microbiológica de las aulas esté muy por encima de lo que recomienda la OMS como espacio saludable (500 ufc/m3).

En la actualidad, considerando la importancia esta epidemia global causada por el COVID-19, juzgamos imprescindible la instalación de sistemas de desinfección ambiental continua y de choque de probada eficacia con estos virus. Dentro de los principales contaminantes de ambientes interiores merece especial mención, como decimos, la carga microbiana. Su naturaleza ubicua en lugares cerrados hace inevitable que se inhale, aún involuntariamente.

En el aire de las escuelas infantiles existen varios tipos de corrientes: Corriente principal, constituida por el aire que exhalan los niños y adultos allí presentes después de una inhalación (25%) y que porta una buena parte de la flora microbiana individual. Corriente secundaria, o lateral, constituida por el aire removido por el movimiento de niños y adultos, y que porta una importante carga de bacterias, hongos, virus, COVs, ácaros, polvo y otros olores y contaminantes químicos. Esta corriente secundaria (75%) contamina el aire que rodea a todos los presentes en el recinto. Todo lo anterior favorece la contaminación de zonas comunes (aseos, comedores), aulas y material didáctico por virus, bacterias y hongos procedentes de los niños, los adultos, el aire o el exterior. Contaminación cruzada.